viernes, 3 de julio de 2009

Participar en un ensayo clínico: ¿una obligación moral?

Un provocador artículo considera un deber ciudadano colaborar en los estudios que propician el avance de la ciencia y aboga por un cambio cultural que incite a implicarse en esta actividad

ISABEL PERANCHO

La ciencia te necesita. Es tu turno. Colabora». Es el tipo de mensaje que debería diseminarse entre la ciudadanía para propiciar un cambio cultural a favor de participar activamente en la investigación biomédica. Porque el avance científico necesita pacientes. Un ejemplo: si la proporción de los enfermos de cáncer que participan en los ensayos clínicos se incrementase del vigente 5% a un 10%, la duración de estos estudios podría reducirse de los cuatro años actuales a uno.

Hasta ahora, cooperar en los ensayos necesarios para desarrollar nuevos tratamientos se plantea como algo voluntario. No es reprochable que un paciente rechace que se ensaye en su organismo un medicamento cuyos efecto final se desconoce. Pero la provocativa tesis que defienden los autores de un artículo publicado en 'The Journal of the American Medical Association' ('JAMA') es que este tipo de trabajos resultan claves para el avance científico y que, como sus resultados benefician a toda la sociedad, deben ser considerados como un bien público, igual que «la seguridad nacional o la limpieza del aire».

Así, entre las ventajas sociales que han reportado los conocimientos científicos en el último siglo citan la erradicación de la polio, el desarrollo de la penicilina o la incorporación de nuevas técnicas quirúrgicas, como la lumpectomía, la extirpación mínimamente invasiva de los tumores mamarios que resulta tan eficaz como la mastectomía.


UN BIEN ESCASO

Para llevar a efecto estos estudios son indispensables los investigadores, las instituciones y las agencias que los promueven. También una financiación adecuada. Pero igualmente importantes son los millones de personas, sanas y enfermas, que acceden a implicarse en los trabajos que demuestran tanto la eficacia como la falta de utilidad de las intervenciones. «La carencia de participantes dificulta más que la escasez de fondos el desarrollo de ensayos clínicos», recuerdan los autores, expertos del departamento de Bioética de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos.

Es el motivo por el que apelan a la «obligación moral» de los ciudadanos de apoyar este sistema de generar conocimiento a través de su implicación en los ensayos, siempre que «el coste y los riesgos» de intervenir «no excedan los beneficios» de la investigación. «Si el riesgo es significativo, la obligación se debilita», puntualizan.

Sin embargo, esta incitación a cumplir con el deber, que se llega a equiparar en el citado artículo con el llamamiento a filas de la sociedad civil en tiempo de guerra, tiene sus limitaciones. Si bien señalan que es un «deber» participar en este tipo de estudios y que, para negarse, se «debería aducir un buen motivo», esto «no significa que el paciente deba ser legalmente conminado a colaborar», ni que se puedan reducir las exigencias del consentimiento informado ni, tampoco, eliminar el derecho a retirarse de la investigación.

«Abogamos por un cambio cultural y moral, no legal», matizan los autores, que solicitan a los profesionales sanitarios «mayor disposición para reclutar activamente pacientes para los ensayos clínicos importantes».

«Es un planteamiento muy teórico», opina Albert Jovell, presidente del Foro Español de Pacientes, paraguas que representa a más de un centenar de asociaciones nacionales de enfermos. Sin embargo, reconoce la necesidad de cierta «pedagogía» sobre lo que supone un ensayo clínico, ya que la cultura al respecto es «minoritaria». El paciente «necesita saber qué es y por qué es importante participar», agrega.

Sin embargo, Jovell destaca la «generosidad» de los enfermos que colaboran con estas investigaciones: «Es cierto que están más vigilados y reciben mejor asistencia, pero se exponen a incertidumbres respecto a los efectos secundarios de los fármacos y a más pruebas diagnósticas de lo habitual».

Jesús San Miguel, jefe de Servicio y Catedrático de Hematología del Hospital Clínico Universitario de Salamanca, comparte la filosofía de un mayor «compromiso» de médicos y pacientes con los ensayos clínicos. «Hacen posible que se aprueben fármacos de los que luego se benefician otros que no han colaborado en ellos», dice. Coincide en la necesidad de un cambio de cultura «en la que se insista en el gran beneficio de esta actividad, que no tiene nada que ver con 'conejillos de indias', ya que se trata de una labor rigurosa y de calidad que ofrece el mejor cuidado a los pacientes».

San Miguel lamenta la insuficiente implicación de algunos médicos a la hora de reclutar enfermos. «Es necesaria una mayor concienciación para remitir pacientes a los ensayos. Deberían ver el hecho de promover esta actividad como clave en su práctica, ya que se trata de algo esencial para el avance científico».

Sin embargo, reconoce que España se enfrenta, adicionalmente, a otro problema: el de la ingente burocracia que exige realizar ensayos clínicos en varias autonomías a la vez. El último realizado por el Grupo Español de Mieloma requirió hacer cerca de tres millones de fotocopias para los diferentes comités que valoraron el mismo proyecto.

http://www.elmundo.es/suplementos/salud/2009/811/1246485616.html